Edición 2021
En Constante Cambio

“La historia no es el estudio del pasado; es el estudio del cambio”, dice el historiador Yuval Noah Harari. Entendemos este proceso como la transición de un estado a otro. Un cambio ya iniciado provoca otras transformaciones en todas las esferas de la vida, impulsando un ciclo que se perpetúa ad infinitum. Algunos ocurren de forma repentina, como es el caso de las revoluciones, y otros de manera tan gradual que al pararnos a reflexionar, el mundo a nuestro alrededor se ha tornado irreconocible. ¿Cuándo inicia un cambio? ¿Es posible darnos cuenta en el momento, o solo podemos hacerlo en retrospectiva? 

En la filosofía, a los cambios siempre se les opone la quietud y estabilidad de los sistemas. Existen casos puntuales donde la estabilidad es la regla general, donde se intenta evitar el cambio a toda costa, como por ejemplo tribus aisladas en el Amazonas o islas del Pacífico. ¿Cuáles son las condiciones que permiten esta calma? ¿Cuánto podemos resistirnos a las transformaciones?

Si pensamos al cambio como un instrumento de transformación social, cabe considerar quienes deberían impulsarlo, cómo, y en qué momento. La evaluación de todos estos aspectos contribuye a que cualquier cometido tenga un impacto deseable y duradero pero, ¿cuál es la forma correcta de proceder? ¿Existe una fórmula que podamos aplicar a toda situación? ¿Cómo interactúan los ciudadanos con el poder político a la hora de impulsar un cambio?

Todo a nuestro alrededor está sujeto al avance inexorable del tiempo, desde los paradigmas que utilizamos para comprender al mundo y nuestros sistemas para hacer frente a situaciones de crisis, hasta las herramientas en que nos apoyamos para continuar innovando. ¿Cómo nos ponemos de acuerdo para plantear las preguntas correctas y actuar en consecuencia cuando vivimos en constante cambio?

 


Subtemas

Los siguientes textos profundizan en las ideas principales de cada uno de los subtemas de esta edición.

Paradigmas en Jaque

La imagen que cada persona forma del mundo está sujeta a sus experiencias, opiniones y creencias. Basándonos en ellas nos comunicamos con otros y en conjunto tejemos las redes de sentido que moldean la historia de la humanidad. En palabras de Napoleón Bonaparte “La historia es un conjunto de mentiras acordadas”. Pero, ¿qué sucede cuando diferentes versiones se encuentran en jaque? ¿Cómo le damos sentido al mundo en medio de crisis sociales, desinformación, y desconfianza en las instituciones?

Este conflicto de interpretaciones existe continuamente, con fuerzas que buscan llevar la versión oficial o más popular hacia un lado u otro. Hay un punto cúlmine entre estas tensiones opuestas en el que no puede ignorarse su presencia; es el momento en el cual la divergencia toma forma en el mundo real y produce cambios y revoluciones tangibles. Feminismo, derechos de los animales, obsolescencia de sistemas educativos, políticos y relacionales. Problemáticas repletas de preguntas que cada vez pisan más fuerte en la agenda pública. ¿Cómo podemos ponernos de acuerdo para intentar responderlas? ¿Estamos dispuestos a escuchar y co-crear con posiciones completamente opuestas a las nuestras? ¿Podremos finalmente converger en nuevos paradigmas?

“La única verdad es la realidad”, sentenció Aristóteles. Pero si existe una verdad absoluta, ¿por qué vivimos en medio de tanto disenso? Según el Diccionario Oxford, la posverdad se define como “las circunstancias en las que los hechos objetivos influencian menos a la opinión pública que las apelaciones a la emoción o a las creencias personales”. Entre estas apelaciones a la emoción pueden mezclarse fácilmente distorsiones deliberadas que se suman a otras de las grandes complicaciones que debemos enfrentar si queremos construir nuevos paradigmas de la mejor manera posible: la desinformación y las fake news.

El problema de la desinformación se produjo como consecuencia del cambio de paradigma, en el cual como humanidad nos cuestionamos la absolutez de la verdad. ¿Cómo seguimos construyendo conocimiento bajo esa premisa? El conocimiento generado a través del método científico es el único cuya veracidad no debería ser susceptible a los efectos de la posverdad. Y sin embargo, tampoco pudo salvarse de ellos. ¿Cómo lidiamos con movimientos que ponen en duda el conocimiento científico? Estos cuestionamientos, ¿son completamente perjudiciales, o tienen algún tipo de validez que merece consideración?

Cada vez con mayor frecuencia e intensidad somos testigos de la intolerancia extrema hacia la opinión distinta a la propia. Familias divididas por el apoyo a un partido político u otro, cultura de la cancelación en redes sociales, debates entre legisladores donde la falta de respeto es la norma. ¿Cuál es la causa de este fenómeno? ¿Debe ser el consenso la estrategia de resolución de todos los conflictos? ¿Hasta qué punto debemos tolerar ideas e ideales hostiles?

Nuestras convicciones e ideales son los que nos permiten identificarnos con determinados grupos sociales o tribus, nos dan un sentido de pertenencia y de identidad. Y es cuando este sentido de pertenencia es muy fuerte que la polarización y radicalización se vuelven cada vez más evidentes. Cuando nos sentimos tan identificados con un grupo, ¿renunciamos a ciertas características de nuestra individualidad con tal de pertenecer? ¿Cuán flexible es nuestra identidad? ¿Qué podría modificarla? ¿Qué tanto afecta la polarización a nuestra capacidad de colaborar?

La confianza es un factor fundamental de la experiencia humana. Confiamos en que un amigo guardará nuestro secreto, en que el tren llegará en el horario debido, en que no nos robarán los datos de la tarjeta de crédito al hacer una compra online. ¿Qué es lo que permite que confiemos en una persona? ¿Y en una comunidad? ¿Y en una institución? ¿Y en un sistema completo? En su libro “Who Can You Trust?: How Technology Brought Us Together and Why It Might Drive Us Apart”, Rachel Botsman analiza cómo la tecnología está transformando la manera en que confiamos, y cómo nos estamos adentrando en un nuevo paradigma donde la confianza en las instituciones tradicionales - como bancos, gobiernos, e iglesias - está decayendo. ¿Se puede reconstruir esa confianza? Si la respuesta es no, ¿en quién confiaremos como sociedad a partir de ahora? ¿Hasta qué punto podemos seguir manteniendo estas instituciones?

En las sociedades más primitivas, el sistema de confianza era local y estaba basado en cuán buena o mala era la reputación de una persona. Cuando estas sociedades comenzaron a adquirir un mayor tamaño y desarrollo fue cuando surgieron las instituciones que hoy conocemos y que son los pilares de la sociedad moderna. Hoy en día, estamos presenciando el cambio hacia lo que Botsman llama “confianza distribuida”. En plataformas como Uber o Airbnb, confiamos en la buena reputación del conductor, pasajero, anfitrión o huésped a pesar de ser un completo extraño, hay una reciprocidad que reemplaza a los clásicos taxis y hoteles. En sistemas financieros como Bitcoin, la distribución de la confianza es aún mayor, basada en una tecnología que facilita las transacciones sin necesidad de implicar a ningún intermediario. ¿En qué medida cambian estas innovaciones nuestro comportamiento? ¿Cuáles son las ventajas y desventajas de estos nuevos sistemas frente a los tradicionales? ¿Pueden coexistir, o eventualmente pasaremos a vivir en un mundo sin instituciones?

Con todos nuestros sistemas de creencias en crisis, surge una cantidad virtualmente infinita de preguntas sobre nuestro presente y futuro. ¿Qué sucederá con la educación? ¿Hasta qué punto podemos preparar a la juventud para un futuro tan incierto cuando las bases están tan desestabilizadas? ¿Necesitaremos nuevos sistemas políticos? ¿Nuevas definiciones para conceptos que creíamos indoblegables? ¿Estaremos como humanidad a la altura de contestar todos estos interrogantes antes del jaque mate?

La Urgencia del Ahora

La historia humana es una eterna secuencia de relaciones causa-efecto. El hombre es susceptible a cambios por factores ajenos a su control, y provoca otros en pos de la autorrealización y el progreso. Ante circunstancias inesperadas, hay una infinidad de medidas que los individuos, comunidades, gobiernos, y actores internacionales pueden adoptar para paliarlas o resolverlas

Entendemos a las crisis como cambios profundos y conflictivos, que desencadenan consecuencias merecedoras de soluciones completas y, a menudo, inmediatas.  Particularmente en contextos como el presente, nos encontramos ante la disyuntiva de abordar lo urgente o lo importante. ¿Es posible encarar ambos tipos de problemáticas en simultáneo? 

A lo largo de la historia abundan las situaciones críticas de las más diversas índoles. Desde desastres naturales y económicos hasta guerras y crímenes contra la humanidad. La Gran Depresión de la década de 1930, los incontables momentos críticos de la Guerra Fría,  y la crisis financiera del 2008 son solo algunos sucesos que han puesto al mundo en jaque. Los ejemplos pasados demuestran que gran parte del impacto de estas crisis está determinado por las medidas implementadas para resolverlas o por la estruendosa ausencia de las mismas. Desde la creación de organizaciones supranacionales para prevenir situaciones similares hasta la designación de entes encargados de mitigar daños si las primeras fracasan, la humanidad se encuentra en perpetua búsqueda de soluciones a sus grandes problemas.

El escritor y activista Dougald Hine define al decenio pasado como “tiempos en los que ocurrió lo imposible.” Hemos visto desde quiebres diplomáticos, humanitarios y democráticos hasta crisis financieras y tecnológicas. Analizando esta década en retrospectiva, el crecimiento económico sostenido y la política partidaria moderada de principios de siglo resultan distantes y ajenos a nuestra situación actual. Hacia mediados de la década pasada, se invirtieron ciertas tendencias de los últimos veinte años. Aumentaron las muertes por conflictos violentos y actos terroristas y disminuyó el número de personas viviendo bajo regímenes democráticos.

A pesar de la inestabilidad y el conflicto, pareciera que pocos de los mayores problemas han sido resueltos. Poco se ha logrado en materia ambiental o de privacidad, y cuestiones como el Brexit continúan siendo igual de divisivas que al momento de ingresar al debate público.  La pobreza y la indigencia aumentan incluso en países desarrollados, el valor real de los salarios continúa cayendo en picada, y en muchos países el aumento de los costos de la salud y la educación excede a la inflación. Estamos constantemente oyendo advertencias sobre la inestabilidad de nuestras instituciones o alguna suerte de colapso sistémico inminente. Bajo estas circunstancias, ¿cómo podemos mantener expectativas altas para el futuro de nuestras sociedades?

Cuando intentamos prevenir o controlar una situación crítica, es posible perder de vista otros proyectos y objetivos diagramados a largo plazo. Las reformas del sistema educativo, el acceso equitativo a la salud, y la transición hacia una economía más sustentable, entre muchas otras, son problemáticas que se encuentran perpetuamente relegadas por la necesidad de abordar la emergencia de de turno. Eduardo Galeano dijo una vez que la utopía es el horizonte, sirve para caminar. ¿Debemos proyectar soluciones ideales o aceptar respuestas más pragmáticas? ¿Son incompatibles estos dos preceptos?

Es justamente la postergación de estas cuestiones de fondo lo que provoca las crisis en primer lugar. A grandes rasgos, la desregulación de los mercados financieros a partir de 1999 comenzó para mantener la competitividad de ciertas entidades bancarias, eventualmente provocando la crisis financiera del 2008. Como consecuencia de esta última, muchos gobiernos adoptaron medidas de austeridad, como la desfinanciación de su sistema de salud, dejándolos en una posición más vulnerable a la hora de hacer frente a la pandemia del Covid-19. En el momento quizás resulta impensable anticipar repercusiones de tal magnitud y a tan largo plazo. A fin de cuentas, ¿Qué ocurre cuando las nuevas crisis se adicionan a problemáticas anteriores?

En tiempos de crisis, nuestros vínculos con nuestras comunidades se transforman en cuestiones de vida o muerte. La respuesta ciudadana ante catástrofes como la devastación provocada por los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial o por el Huracán Katrina en 2005 demuestran que la colaboración y la empatía constituyen nuestra mejor estrategia para hacer frente a situaciones críticas. Las comunidades locales son centrales porque ofrecen algo que sociedades y gobiernos no han podido garantizar: un sentido de seguridad y pertenencia en un mundo crecientemente inestable y fragmentado.

A fin de cuentas, quienes constituyen los gobiernos, las empresas y cualquier otra clase de organización son los seres humanos. Las situaciones críticas tienen un impacto profundo sobre las personas, toda crisis global tiene repercusiones locales. Los agentes del cambio en estas circunstancias no son conceptos abstractos, sino que son personas con perspectivas, sentimientos, sesgos e intereses variados. ¿Cómo medimos el impacto humano? ¿De qué forma hemos visto nuestras historias y las de aquellos que nos rodean atravesadas por situaciones de crisis?

El análisis histórico nos demuestra que un enfoque limitado al presente no sólo no garantiza la resolución del problema en cuestión sino que tiene infinitas ramificaciones que pueden desencadenar crisis futuras. La pregunta es, entonces, cómo deben organizarse individuos, empresas y gobiernos para evitar esta clase de desaciertos. Quizás la respuesta se encuentre en la evaluación de ejemplos pasados para detectar similitudes con el presente y descartar propuestas infructuosas. Citando al director y dramaturgo Bertolt Bretch, “las crisis se producen cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer.” ¿Podríamos considerarlas oportunidades para el progreso y para la adopción de políticas más sostenibles y justas?

La Arquitectura de la Innovación

La tecnología añade una nueva dimensión a la experiencia humana, desafiando y extendiendo sus límites tradicionales hacia nuevos horizontes. Es por ello que grandes transformaciones de la humanidad estuvieron acompañadas por el desarrollo de nuevas herramientas y técnicas; desde la Revolución Neolítica hace 9000 años, hasta la Revolución Digital en el siglo XX. ¿Existe una complicidad intrínseca entre el desarrollo de la sociedad y los avances tecnológicos?

Hoy en día este concepto está más vigente que nunca; el auge de la ciencia en los últimos siglos junto a la prosperidad económica que atravesamos conducen hacia un crecimiento exponencial de la innovación jamás antes visto. La rueda del avance tecnológico es imposible de frenar y por lo tanto debemos aprender a usar a conciencia las herramientas que nos brinda. “La tecnología es una servidora útil pero un mal amo” concluyó el historiador Christian L. Lange. Entonces, ¿quién manda en esta relación que mantenemos con nuestra propia creación?

Concebir a la tecnología como una herramienta implica considerar que los usuarios de cierto artefacto poseen el control del mismo. De este modo se sostiene la histórica perspectiva de la tecnología como neutral, que no debe ser inherentemente mala ni buena, sino que dicho carácter reside en el poder de quien la utiliza. Sin embargo, cada vez estamos más expuestos a distintas distracciones que capturan nuestra atención, haciéndonos incapaces de controlar nuestros propios dispositivos.

Consecuentemente, aparece la visión de las personas como instrumentos de otras personas. Los creadores de las nuevas tecnologías, a través de sus invenciones, captan toda la información posible de sus usuarios. Hoy en día, gran parte del valor de gigantes tecnológicos, como Facebook, Twitter y Google, radica precisamente en su capacidad de recolectar y monetizar gran cantidad de datos. Por lo tanto, podría concluirse que son ellos quienes están al mando. ¿Hasta qué punto puede considerarse a los usuarios como víctimas, si son partícipes activos del proceso? ¿Es posible separarnos de él, considerando que es prácticamente imprescindible en muchas esferas de la vida contemporánea?

No obstante, numerosos casos muestran cómo ni los mismos diseñadores pudieron imaginar los efectos de sus propias creaciones, ya que fue sólo a la hora de ser utilizadas que se pudo explotar todo su potencial. Los ejemplos incluyen desde la pólvora, utilizada tanto para fuegos artificiales como para armas, hasta las redes sociales, que lograron contactar al mundo entero pero también permitieron la difusión de mensajes extremistas. Parecería entonces que el poder reside tanto en productores como en usuarios. ¿En qué medida comparten responsabilidad por su mal uso estos dos agentes? ¿Cómo puede regularse el desarrollo tecnológico cuando ya ni siquiera sabemos quien lo controla? 

"Se ha vuelto espantosamente obvio que nuestra tecnología ha excedido nuestra humanidad” pronunció Einstein. Esta misma postura sostiene que los humanos pasamos a ser instrumentos para el desarrollo tecnológico, donde este último mantiene una lógica por fuera de nuestras intenciones. ¿Es posible que la innovación se independice de la conducción humana? Tradicionalmente esta pregunta podría parecer absurda, pero el auge de la inteligencia artificial (IA) y machine learning hacen que ni creadores ni usuarios ejerzan control sobre el artefacto, poniendo la cuestión en el centro de la escena.

Dentro de la carrera de la innovación que atraviesa la sociedad moderna, los cambios suceden cada vez a mayor velocidad y son cada vez más profundos. No hablamos sólo de cambios tecnológicos sino también de cambios generados por la tecnología. Si bien ambos son interdependientes, es posible hacer una distinción. Siendo el primero las nuevas técnicas o desarrollos científicos implementados en nuevos artefactos y el segundo sus efectos en las sociedades y el modo de vida de las personas. Teniendo en cuenta que, tal como dice Nicholas Negroponte, "los pequeños cambios de ayer pueden tener consecuencias impensadas mañana", surge el siguiente interrogante: ¿hasta qué punto esta velocidad está desviando nuestra atención de los posibles impactos negativos de las nuevas tecnologías?

A raíz de esto incrementa la importancia del área de la ética dedicada especialmente a examinar los dilemas generados por las nuevas tecnologías. La humanidad debe enfrentar problemas que nunca en la historia se había planteado; desde la posibilidad de un ataque coordinado contra nuestras infraestructuras digitales más importantes, la difusión de fake news debido a los nuevos medios de comunicación o la existencia de biohackers con el auge de la bioingeniería. ¿Cómo podemos atender los nuevos dilemas éticos sin ralentizar el proceso de innovación? ¿Cuál es la capacidad de los gobiernos de dar respuesta a estas cuestiones? 

El término “innovación responsable” puede resumirse simplemente en una frase tal como: “procurar que los efectos positivos de implementar una nueva tecnología superen sus efectos negativos”. Pero, ¿quién determina si un efecto es positivo o negativo? En caso de que grupos de la sociedad tengan objetivos opuestos, ¿cómo puede elegirse una mirada por sobre la otra?

El rol de la tecnología como motor del cambio en la sociedad es innegable, tal como dijo el futurólogo Alvin Toffler. Sin embargo, no es tan claro el papel de la humanidad en los presentes cambios, sintiéndonos cada vez más relegados. Es posible que nos encontremos en un punto de inflexión en la historia, pudiendo pasar a ser simples espectadores. Por lo tanto, debemos ver al futuro aprendiendo a utilizar nuestra herramienta más fuerte, la capacidad de innovar. 

Nota: Las opiniones e ideas presentadas en los textos fueron pensadas como motivación para facilitar la redacción de los textos necesario para aplicar al SABF. No deben ser tomadas como verdad absoluta. En caso de estar en desacuerdo con las ideas presentadas, invitamos a los aplicantes a expresarlo en sus textos.