Navegando en la incertidumbre

Dijo una vez la escritora Alice Munro que la complejidad de las cosas —las cosas dentro de las cosas— parece sencillamente inagotable. Con el avance del mundo digital, los individuos y las organizaciones gubernamentales, empresariales y sociales se han sumergido en una red que pareciera tener infinitas conexiones y variables a considerar. Las causas que mueven los procesos se encuentran cada vez más vinculadas y pareciera que son imposibles de comprender íntegramente. En esta creciente complejidad, la velocidad de adopción de nuevas tecnologías se acelera cada década: olas tecnológicas como la inteligencia artificial o los hábitos de consumo digital nos golpean antes de que logremos asimilar plenamente la ola anterior.

Transitamos en esta nueva década contextos en parte incomprensibles y constantemente cambiantes. Barack Obama, expresidente de los Estados Unidos, dijo “Estamos en tiempos extraños e inciertos. El ciclo de noticias de cada día trae más cabezas que giran y titulares inquietantes”. Así pues, ¿Cómo planificamos cuando el desconcierto es una característica intrínseca del entorno en el que nos movemos?

El mundo actual ejerce una presión sin igual sobre nuestro comportamiento. Los relatos tradicionales del trabajo, la libertad y la gobernanza se ven debilitados por la globalización y las disrupciones tecnológicas, poniendo en jaque al ser humano. ¿Qué habilidades se necesitarán para orientarnos en la incertidumbre?

Subtemas

Los siguientes textos profundizan las ideas principales de cada subtema de esta edición.

Al borde de la irrelevancia

Aquello que no logra reinventarse y adaptarse se debilita en tiempos de cambio. De esta manera, quedan obsoletos desde roles individuales hasta sistemas enteros, y nuestra inmediata reacción es el temor por la estabilidad laboral de millones de personas. Luego, frente a una mayor reflexión, surgen interrogantes como a qué nos dedicaremos y cuál será el aporte que haremos a la sociedad. Entendiendo la relevancia como la importancia que tiene una parte en un sistema, ¿de qué manera seremos relevantes en el futuro?
Observamos en la historia momentos en los cuales cambios en los modos de trabajo han traído notables consecuencias en la forma de vida. A comienzos del siglo XX, Henry Ford instaló una línea de montaje con la que logró multiplicar diez veces la producción automotriz. La simplificación del proceso habilitó que trabajadores menos calificados puedan ser contratados. La monotonía y repetitividad de las tareas que los operadores llevaban a cabo resultó en una nueva distribución de los horarios laborales, con jornadas más cortas, dando lugar a más tiempo para el ocio. El precio del Ford T disminuyó de 850 a 360 dólares y el automóvil se volvió accesible para las mayorías. Ya no era necesario moverse a pie, a caballo o en bicicleta: el automóvil se convirtió en un elemento cotidiano, facilitando tareas y acortando distancias.
Así como el automóvil cambió el panorama del transporte, el teléfono inteligente dio otro gran salto en materia de conectividad. Tareas que antes sólo podían realizarse en un sitio fijo, pasaron a ubicarse en nuestros bolsillos. Ser notificado al instante de las primicias, organizar una reunión, realizar transacciones bancarias o controlar el estado de la salud se convirtieron en acciones independientes de donde uno se encuentre.
Son muchos los casos donde los avances tecnológicos facilitan las tareas. Estamos transitando caminos de automatización y digitalización sin precedentes. Comercios sin cajeros, agencias de viaje sin agentes de viaje, clases de idioma sin profesores… Actividades que antes tenían una persona como intermediaria, se ven simplificadas por la tecnología para que el usuario las pueda realizar por su propia cuenta.
Según Erik Brynjolfsson, profesor en MIT[1], los grandes avances que se han logrado en la tecnología de la computación son la causa del lento crecimiento del empleo en la industria en los últimos años. Además, es pesimista incluso sobre lo que ocurrirá con otras ocupaciones como el derecho, los servicios financieros, la educación y la medicina según se vayan adoptando las nuevas tecnologías.
Por otro lado, Bryon Reese, experimentado emprendedor en el campo de la tecnología, considera que la inteligencia artificial va a crear muchos más trabajos de los que va a destruir. “Algunos temen que a medida que la inteligencia artificial mejore, suplantará a los trabajadores, creando una reserva cada vez mayor de humanos desempleados. Esta preocupación, aunque comprensible, es infundada. De hecho, la IA[2] será el mayor motor de trabajo que el mundo haya visto jamás”. Asevera que la verdadera pregunta es si la mayoría de la gente puede hacer un trabajo que es un poco más complicado que el que tienen actualmente.
A su vez, existe la postura de la colaboración: la tecnología no desplazará a los humanos sino que trabajará junto a ellos. Según una investigación de la Universidad de Harvard, los algoritmos de la IA pueden leer escaneos de diagnóstico médico con una precisión del 92%. Los humanos pueden hacerlo con una precisión del 96%. Trabajando juntos, del 99%.
Si se amenaza nuestra utilidad como seres productivos, ¿nos veremos embestidos por la irrelevancia? ¿Es la relevancia humana su capacidad productiva?
Quizás la complejidad a la respuesta radica en que los ordenadores estén adquiriendo una creciente capacidad de aprendizaje: sus aptitudes tocan áreas que hubiéramos pensado exclusivamente cognitivas, como pintar un cuadro, componer una pieza musical o comunicarse con otros. ¿Es la relevancia humana su capacidad cognitiva?
Es inevitable pensar en cómo será el futuro. ¿Llegará el día en que efectivamente sean los ordenadores capaces de pensar, crear y sentir o no dejarán de ser modelos estadísticos sofisticados? Gray Scott, futurista y tecno-filósofo sostiene que “no hay ninguna razón ni manera de que una mente humana pueda seguir el ritmo de una máquina de inteligencia artificial para el 2035.” En ese caso, ¿cómo funcionará el mundo? ¿Qué haremos con nuestro tiempo? ¿Qué amparará la realización de las personas?
Los humanos hemos descubierto que nuestras limitaciones nos dejan fuera de competencia frente a los inventos que hemos engendrado. En un escenario amenazantemente distópico para muchos, pero utópico para tantos otros, se pone en juego lo que nos define. Nace así el interrogante: ¿qué haremos para mantenernos relevantes?
[1]Massachusetts Institute of Technology. [2]Inteligencia Artificial.

Programando el comportamiento

El comportamiento humano ha sido estudiado a lo largo del tiempo para comprender el desarrollo personal y social de los individuos. Albert Einstein decía: “si quieres entender a una persona, no escuches sus palabras, observa su comportamiento”. Para la psicología, el comportamiento humano se define como los actos exhibidos por una persona y determinados por la cultura, las actitudes, las emociones, los valores personales y culturales, la ética, el ejercicio de la autoridad, la relación, la persuasión, la coerción, la genética y la salud mental. En otras palabras, el comportamiento humano es toda respuesta de un individuo en relación al entorno en el que vive.
¿Y la tecnología? Vivimos rodeados de tecnología que facilita el acceso a la información, la comunicación e interacción social. Se estima que 5 mil millones de personas alrededor de todo el mundo tienen un teléfono celular y que 1 de cada 2 personas tiene acceso a Internet. Es evidente pues, que la tecnología es parte de nuestro entorno e influye en la manera en la que nos comportamos. Ahora bien, ¿en qué aspectos condiciona la tecnología nuestra conducta?
¿Qué comer? ¿Qué película ver? ¿Qué canción escuchar? ¿Qué libro leer? Estas son decisiones que hoy en día ya no son tomadas por nosotros, sino que quedan en manos de los algoritmos de las empresas tecnológicas. Facebook, Spotify, Netflix y muchas otras empresas ya son parte de nuestra vida y nuestras interacciones nutren de información a sus algoritmos que cada vez nos ofrecen más recomendaciones, condicionando nuestro comportamiento. Y no sólo para el ocio: los algoritmos están presentes en todos lados. La velocidad de respuesta, la precisión y los resultados satisfactorios son algunas de las razones para que el uso de algoritmos en la toma de decisión resulte atractivo en campos como la medicina, las finanzas y recursos humanos, entre otros. ¿A qué empleado tomar? ¿A quién conceder un préstamo? ¿Cuándo comprar o vender una acción? ¿Qué tratamiento médico seguir?
El medioambiente de los algoritmos se encuentra en desarrollo. A medida que los algoritmos nos conozcan más y mejor, la tentación de basarse en ellos para la toma de decisiones aumentará. Ahora bien, ¿Estamos dispuestos a entregarles el poder de decisión? Yuval Noah Harari dice en 21 lecciones para el siglo XXI, “acceder a la toma de decisiones de los humanos no solo hará que los algoritmos de macrodatos sean más fiables, sino que los sentimientos humanos sean menos fiables”. Como un músculo, nuestra capacidad para resolver problemas podría verse atrofiada. ¿Quién de nosotros no supo hacia dónde ir cuando perdió la conexión del calculador de rutas en el celular? Por otro lado, es cierto que si los algoritmos resuelven de manera satisfactoria interrogantes difíciles como qué estudiar o con quién casarnos, no tendríamos que preocuparnos por tomar aquellas decisiones.
Está claro que los algoritmos son capaces de hacernos recomendaciones y brindarnos respuestas para diversos problemas. Ahora bien, ¿existen decisiones que no puedan ser tomadas por los algoritmos? ¿En qué área es nuestro comportamiento libre de los ordenadores? Decisiones importantes encuadradas bajo la esfera de la ética parecen estar exentas del poder de los algoritmos. Sin embargo, esto no es tan cierto. En la actualidad, algunas decisiones éticas ya están en manos de ordenadores con la llegada de los vehículos autónomos y su respuesta ante situaciones donde peligra la vida de los pasajeros.
Con todo esto, resulta importante reflexionar sobre lo que hay detrás de los algoritmos. Kartik Hosanager, profesor de la Universidad de Pensilvania, expresa “los psicólogos describen el comportamiento humano en términos de naturaleza y crianza… Cuando miraba los algoritmos, me di cuenta que los algoritmos también tienen naturaleza y crianza”. Programar la ética, la medicina, las finanzas y el resto de las áreas donde se encuentran los algoritmos, requiere de una persona que establezca los pasos a seguir para resolver un problema. Además, los algoritmos necesitan datos de donde aprender. Tanto el origen como la fuente de alimentación dependen del ser humano. Entonces, ¿cómo evitamos que los sesgos que tenemos se trasladen a los algoritmos?
En un presente inundado de tecnología, nuestra conducta se ve cada vez más inducida por algoritmos decisores. Resulta oportuno, pues, preguntarnos: ¿somos conscientes de las influencias bajo las cuales nos comportamos? ¿Dejaremos de concebir la vida como un problema de toma de decisión? ¿Nos estamos convirtiendo en marionetas articuladas por el mundo de los algoritmos… o es una simple exageración?

Atravesando tiempos de colaboración e individualismo

En épocas de frágiles cimientos es importante debatir las bases sobre las que se sentará el progreso, y parece lógico cuestionarnos si las mismas serán nacionales o consensuadas. ¿Es necesario que cientos de naciones abandonen sus posturas soberanas, desviando los ojos de sus agendas internas, y adopten políticas colaborativas para solucionar conflictos más grandes que ellas? ¿Miramos al mundo entero o hacia dentro de nuestras fronteras?
Es difícil pensar en cooperación masiva entre sociedades en épocas pasadas. La incompatibilidad de las civilizaciones pretéritas significó que los problemas que compartían eran únicamente de sus propios conflictos bélicos. ¿Qué dificultades verdaderamente globales encaraban los contemporáneos de Cleopatra, Napoleón o Lincoln?
Con la llegada de la segunda revolución industrial, que trajo consigo la comunicación instantánea entre continentes, dicho paradigma comenzó a cambiar. Ocurrieron las guerras mundiales, la humanidad entera se vio forzada a lidiar con dilemas éticos como el uso de armas nucleares, órdenes económicos masivos borraron fronteras comerciales entre territorios y luego las tecnologías digitales hicieron lo propio con las fronteras culturales. Muchos de los progresos se volvieron mundiales... así como muchos de los problemas. Las consecuencias del suministro energético a base de combustibles fósiles, y de los métodos de agricultura y ganadería masivos trajeron del lejano horizonte a la puerta de nuestras casas uno de ellos: el cambio climático, mientras que otros como el hambre y la pobreza siguen afectando a una gran porción de la población.
Dicho estado de interconexión entre naciones pareciera traer consigo una contradicción. Cada vez son más las tecnologías que permiten la colaboración a distancia, sin embargo hay grupos que deciden voluntariamente aislarse de los demás. Adam Smith dijo en La riqueza de las naciones: “El esfuerzo natural de cada individuo para mejorar su propia condición . . . es tan poderoso, que por sí solo, y sin asistencia alguna, es capaz de llevar a la sociedad a la riqueza y la prosperidad”. ¿Aplica la lógica Smitheana del individualismo a las relaciones entre sociedades? ¿Son acaso más capaces de solucionar sus problemas preocupándose por sí mismas que planificando conjuntamente? ¿Incluso aquellos que las trascienden?
Anne-Birgitte Albrectsen, CEO de la ONG Plan International, afirma que no. Ha escrito para el World Economic Forum que “la escala, alcance y complejidad de las transformaciones económicas y sociales alcanzará un punto en que ningún sector . . . pueda administrarlas solo. Necesitaremos alianzas superadoras . . . si queremos sobreponernos a estos desafíos”. Sostiene que dichas alianzas no sólo involucran a los gobiernos, sino también a organizaciones empresariales, sociales y académicas.
Ian Bremmer, politólogo estadounidense, presenta otro análisis. En su libro Us vs. Them: The Failure of Globalism, argumenta que las concepciones globalistas han paradójicamente generado un escenario de ganadores y perdedores que a fin de cuentas no presenta beneficios al ciudadano promedio de muchas naciones.
La realidad muestra que hay casos testigo que respaldan ambas posiciones. Remitirnos al campo de la ciencia nos puede servir de ejemplo: el descubrimiento del bosón de Higgs, un hito para la física moderna, sólo se logró tras el esfuerzo e inversión conjunta de 23 países europeos en un masivo colisionador de partículas. Por su parte, EE. UU. alzó planes similares, pero la escala de sus proyectos resultó insuficiente. La física de partículas tendría hoy casi una década de retraso si no fuera por políticas colaborativas entre naciones.
Del otro lado del espectro, es pertinente traer a memoria la carrera espacial: la competencia entre EE. UU. y la U.R.S.S. dio el impulso definitivo para enviar al hombre fuera de la atmósfera y hasta la luna. Es difícil creer que tal progreso se hubiera alcanzado de manera tan vertiginosa pactando entre naciones: los esfuerzos conjuntos requieren consensos que, de lograrse, demandan muchos años de negociaciones.
Decidirnos se vuelve aún más complejo al evaluar los riesgos. Un paradigma de grandes consensos globales diluye a los pequeños entre las mayorías, deja sin representación intereses válidos de grandes sectores de la población y gobierna con lentitud procesos que ocurren a velocidad creciente. Por el otro lado, un modelo de mundo sin acuerdos pone al fondo de las agendas de gobierno problemas globales y difícilmente tiene la capacidad de solucionarlos cuando todos los actores tiran en diferente sentido.
¿Puede el aislamiento empujar el progreso en tiempos de globalización? ¿Puede la colaboración evitar generar ganadores y perdedores?
La humanidad, en su voraz hambre de progreso, se topa en el siglo XXI con obstáculos que penetran el planisferio entero. Resurge entonces, con más fuerza que nunca, la verdadera disyuntiva de la relación entre sociedades: si preocupándonos por el mundo entero mejoraremos la calidad de vida de cada una de sus partes o si lo mejor para que avancemos todos es preocuparnos por nosotros mismos. Navegando en mares globales, ¿colaboración o individualismo?

*Las opiniones e ideas en estos textos fueron escritas como disparadores para facilitar la redacción del ensayo necesario para aplicar al SABF. No deben tomarse como verdades inobjetables. En caso de estar en desacuerdo con algunos de los puntos, se incita a los aplicantes a que lo comuniquen en sus textos.