Perspectivas que incomodan

La interpretación del mundo en el marco de lo que ya creemos puede poner en riesgo la estabilidad de discusiones imprescindibles. Resulta decisivo comenzar a discernir entre la evidencia y lo evidente, en un contexto donde los hechos se confunden con las opiniones. Es interesante preguntarnos en qué medida la desinformación afecta a la construcción de nuestra postura y cómo puede influir en la toma de decisiones. Sin embargo, considerando que también somos seres emocionales, ¿es posible tener una perspectiva completamente fáctica? ¿Cómo equilibramos lo fáctico y lo humano? Dice Guadalupe Nogués en Pensar con Otros, “nuestro acceso a la realidad es imperfecto porque es a través de herramientas imperfectas: nuestra experiencia es subjetiva, nuestros sentidos nos cuentan qué ocurre, y nuestras interpretaciones acerca de lo que significan los hechos pueden variar”.

Estamos embebidos en un mundo binario, no sólo por su carácter tecnológico sino también por el dualismo antagónico que presentan nuestras posturas. A su vez, esto condiciona la posibilidad de evaluar un espectro para las respuestas de las preguntas que hoy nos competen. Bombardeados con información, resulta complejo distinguir la señal del ruido. ¿De qué manera podríamos alinear lo que es y lo que consideramos que es? Diferenciar razón, racionalidad y racionalización podría ser sustancial a la hora de tomar decisiones de manera colectiva que le fueran a dar forma al futuro.

El camino de los datos al conocimiento se ve obstaculizado por la abundancia de información, y no resulta obvio cómo distinguir lo urgente de lo importante. El dilema no recae en la confianza que depositamos en nuestras posturas, sino en qué tan dispuestos estamos a desconfiar de ellas. La idealización de nuestros puntos de vista puede poner en riesgo la búsqueda de la verdad para entender el mundo. ¿Qué nos incomoda más: cambiar de perspectiva o vivir en una sesgada?

Subtemas

Los siguientes textos profundizan las ideas principales de cada subtema de esta edición.

Tribalismo

No fue hasta la aparición del Homo Sapiens que, por razones que siguen bajo la lupa de la antropología, algo le dio la singularidad que lo convertiría en la especie dominante. Dice Yuval Noah Harari en su bestseller Sapiens, De animales a dioses: Una breve historia de la humanidad, “La característica realmente única de nuestro lenguaje no es la capacidad de transmitir información sobre los hombres y los leones. Más bien es la capacidad de transmitir información acerca de cosas que no existen en absoluto.” Harari sugiere que los mitos le permitieron al Homo Sapiens imaginar cosas de manera colectiva, y sigue, “El secreto fue seguramente la aparición de la ficción. Un gran número de extraños pueden cooperar con éxito si creen en mitos comunes”. La razón que unía a los individuos ya no era exclusivamente el lazo directo, algo inconcebible para otras especies. La fortaleza de las ideas naturalizó así la organización en grupos pero, ¿a qué precio? ¿Acaso ésta disposición generó hostilidad hacia aquellos que ponían en riesgo la integridad de la tribu?
Ahora bien, luego de 200.000 años del Homo Sapiens, ¿qué rasgos cognitivos actuales pueden atribuirse al comportamiento de aquel entonces? La identidad social1, un concepto de los psicólogos Henri Tajfel y John Turner, contextualiza el comportamiento entre grupos y el sentido de pertenencia. Los autores indican que el concepto consta de tres elementos: categorización, identificación y comparación. ¿Cuán flexible es nuestra identidad social? ¿Qué podría modificarla? ¿Qué sucede cuando existen identidades sociales fuertes? Cuando nos sentimos identificados con un grupo, ¿renunciamos a ciertas partes de nuestra individualidad a costa de pertenecer? ¿En qué medida nos condiciona la dualidad entre colaboración y competencia? ¿En qué momento formamos grupos culturales y cuándo éstos nos forman a nosotros?
Nuestra habilidad de converger en grupos colaborativos es la razón de nuestro éxito como especie, y lo hacemos de manera tan natural que corremos riesgo de olvidar lo complejo y notable que es éste comportamiento. La capacidad de distinguir instantáneamente entre nosotros y ellos evolucionó por la crítica razón de detectar peligro; y es a través de la violencia que los animales sociales defienden sus grupos. ¿Cómo se manifiesta el carácter violento de nuestra especie hoy? ¿Hasta qué punto podemos controlar algo que es inherente a nuestra biología?
En la última década, el número de conflictos políticos violentos aumentó drásticamente. Según las Naciones Unidas, ahora hay 402 de ellos alrededor del mundo. Somos testigos de un pico de violencia global en 25 años. ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a poner en perspectiva la verdad de nuestra tribu en pos de resolver los conflictos en cuestión? Sin más, Brexit y las crisis migratorias actuales exponen las dificultades adaptativas que están presentes en nosotros a la hora de convivir con otras tribus. Parecería contraintuitiva la importancia que se le da al nacionalismo en un mundo globalizado, ¿acaso las historias que construimos y nos ordenan entran en conflicto entre sí?
Asimismo cabe analizar qué fue lo que permitió que aquellos que no se identificaban con las tribus más antiguas se levantaran a luchar por lo que los diferenciaba. ¿Cómo cambió el rol de las minorías en los últimos tiempos? ¿Acaso la fuerza de las tribus más jóvenes viene a cambiar las reglas de cómo nos ordenamos?
Si conectarnos con otros es parte de nuestro instinto, vale la pena cuestionar cómo la hiperconexión tecnológica en la que vivimos podría redefinir las razones por las que formamos tribus. El antropólogo Robin Dunbar propone que 150 es el límite cognitivo de la cantidad de personas con las que podemos mantener una relación, sugiriendo que nuestro alcance social es limitado. ¿Cómo se traduce ésto al mundo virtual, donde las identidades y las pertenencias tienen sus propias reglas? ¿Qué incentivos, visibles o no, nos agrupan en el plano de los unos y ceros?
Concretamente, durante las últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos, la investigación por parte del Electome project en el MIT Media Lab2 observó en Twitter una clara polarización entre los seguidores de los partidarios políticos. ¿Son los algoritmos los que potencian la alienación? Si el medio es el mensaje, como decía Marshall McLuhan, ¿son las mismas redes sociales las que se están volviendo más específicas y tribales? La polarización induce a narrativas paralelas que podrían ser peligrosas para el progreso global, más aún cuando surgen verdades múltiples que estimulan la confusión.
Los límites culturales, las fronteras nacionales y nuestras más profundas creencias, ¿son realidad o ficción? Es pertinente cuestionarnos en el medio de estas discusiones si los argumentos están dirigidos hacia el qué o hacia el quién y si acaso es nuestra violencia o discriminación la que funda la retórica. ¿Cuánta de nuestra narrativa se basa en hechos y cuánta en lealtades tribales? ¿El tribalismo finalmente fortalecerá o socavará la prosperidad en el siglo XXI?

Gobernanza efectiva

En tiempos violentos, la polarización social y el irracionalismo despiertan el cuestionamiento de la validez y pertinencia de los sistemas que nos ordenan. Desde el momento en que nacemos pasamos a ser parte de un sistema compuesto por un ente regulador de lo que podemos o no hacer y pensar, cuya formación y consolidación no es necesariamente condicente con nuestra idiosincrasia. Entonces, ¿podemos esperar que cualquier estado que legisle nos represente verdaderamente?
La discusión sobre qué es lo que constituye una “buena” o “mala” gobernanza existe desde épocas remotas. En muchos países, la mayoría de los ciudadanos fallamos en cuestionar los sistemas hasta que los problemas que estos acarrean son demasiado evidentes. Los líderes del mañana viven entre los integrantes de éste grupo, por lo que cobra importancia determinar y evidenciar los problemas de los sistemas. Como el británico ensayista G.K Chesterton menciona: “No es que no puedan ver la solución. Lo que no pueden ver es el problema.
En la actualidad, se distinguen grandes grietas ideológicas. ¿Cómo surgen? ¿Es inherente al sistema? Sea la respuesta afirmativa o no, cabe cuestionar el modelo del estado actual, uno que no cesa su viraje entre aquellos dos conocidos arquetipos: izquierda y derecha, que restringen y priorizan diferentes tipos de libertades. Incluso, ¿qué tan dependientes somos realmente de los sistemas que nos ordenan? ¿Podrían ser nuestros mismos representantes los causantes de una desmedida polarización? Según ciertos expertos, el discurso público se encuentra quebrantado. ¿Cuáles son las implicancias de los discursos emocionales?
Corrupción, mala asignación de recursos, falta de continuidad, son solo algunos de los defectos de los gobiernos en el mundo. ¿Son todos estos causas de malas implementaciones, y caminos y decisiones equivocadas? En muchos países se define al “financiamiento electoral como el pecado original de la política1” (Alconada Mon). Esto significa que aún si las intenciones del político son nobles, el mismo debería empezar su carrera infringiendo la ley que luego nos haría respetar al resto de los ciudadanos. No obstante, en otros países como EE. UU., el sistema de financiamiento electoral cae estrictamente en manos de privados. Por el simple hecho de inequidad social, el financiamiento de las 100 personas que más contribuyen equivale al de los últimos 4.75 millones. Dado que el primer filtro lo determina una minoría que aporta el dinero necesario para la campaña, ¿es verdaderamente representativo el sistema? ¿Podrá esto ser indicador de que nosotros nunca fuimos aptos para gobernar? Si es parte del conocimiento colectivo, ¿cómo es que existe tanta confianza en el sistema democrático de gobernanza?
¿Quién dictamina que los gobiernos democráticos son los más efectivos? Platón menciona en República que Sócrates estaba decididamente en contra de la democracia, que no cualquiera sabe cómo se debe dirigir efectivamente un país y por lo tanto, no cualquiera debería ser capaz de votar. Asimismo, en la actualidad, varios pensadores han expresado su desconfianza en la democracia. Uno de los muchos argumentos en contra de estos sistemas es el llamativo y acelerado desarrollo de los países asiáticos, por lo que muchos llaman al siglo XXI “el siglo asiático”. Lo más interesante, quizás, es que países como Camboya, China, entre otros, han tenido un crecimiento sostenido del PBI, y otros indicadores del bienestar social como el IDH, durante ya varios años sin un gobierno democrático tradicional. Por ésta razón, uno podría incluso plantearse si es éste sistema el más indicado para el progreso sostenido y continuo. Por otro lado, existen gobiernos como el de Reino Unido con políticas de Estado especialmente diseñadas para promover el progreso a largo plazo. No obstante, considerando que su crecimiento económico está estancado desde hace diez años, ¿se podrá alegar que el sistema está fallando, o que se prioriza lo importante a lo urgente? ¿Qué importa más, el sistema o la implementación?
Los indicadores de bienestar social han arrojado datos concretos de mejora a nivel global durante las últimas cuatro décadas: según el Banco Mundial la cantidad de gente en condiciones de extrema pobreza ha caído de 42% en 1981 a 10.7% en 2013. No obstante, aún considerando los beneficios de la globalización, un cuantioso grupo de expertos infieren que ésta debería haber traído la erradicación absoluta de la pobreza, y no sólo un decrecimiento. ¿Las estadísticas son suficientes? ¿Qué tan confiable es la interpretación que les damos? ¿Cómo se mide la calidad de gobernanza?
En términos de continuidad, la intercalación de modelos opuestos y la extensión de los períodos presidenciales, ¿son acaso causantes de políticas de acción cortoplacista? “El pasado es lo que recuerdas, lo que imaginas recordar, lo que te convences en recordar, o lo que pretendes recordar” mencionaba Harold Pinter. Una de las falencias humanas es que tendemos a romantizar el pasado. ¿Podría ser la romantización del pasado una de las causas del ida y vuelta de modelos políticos que no fomentan el progreso a largo plazo?
Las debilidades del estado están bien documentadas y no siempre conducen a decisiones nacionales efectivas. Consecuentemente, no es menor la importancia de preguntarse, ¿el sistema actual y el proceso de la gobernanza es verdaderamente el mejor que podemos lograr? ¿Cómo podría optimizarse?
1El término refiere a los métodos que utilizan los partidos políticos para recaudar fondos que les permitan afrontar sus gastos organizativos. Particularmente, se deben financiar las campañas electorales.

La economía de la atención

Gracias al alcance de internet y las redes sociales, a medida que pasa el tiempo la cantidad de información y estímulos a los que somos expuestos incrementa exponencialmente. ¿Hasta qué punto podríamos decir que debido a la abundancia de información se redefinió un nuevo modelo económico en el que nuestra atención es el recurso escaso?
Si la atención es la moneda de este nuevo modelo económico, las compañías y creadores se ven obligados a optimizar su contenido para transmitir su mensaje en el menor tiempo posible. Por ejemplo, las charlas TED pasaron de durar entre 18 y 25 minutos a entre 12 y 16 minutos, sin embargo, la persona promedio pasa cada vez más tiempo en redes sociales. Entonces, si cada vez consumimos contenido más corto en mayor cantidad, ¿en qué medida alterar la duración del contenido es parte de una manipulación de nuestra atención? Se podría decir que las corporaciones tecnológicas lograron desarrollar tácticas y generar una economía no solamente de la atención, sino también de la adicción, porque entienden nuestra mente mejor que nosotros mismos. Si consideramos la atención como una divisa, ¿qué vulnerabilidades de la psicología humana pueden ser explotadas por éstas compañías? De todas formas, ¿hasta qué punto podemos posicionarnos como víctimas, teniendo en cuenta que la decisión final la tenemos nosotros? ¿En qué medida los efectos perjudiciales causados por la dependencia a la tecnología son responsabilidad compartida entre usuarios y compañías? Es interesante preguntarse, si somos nosotros los que elegimos ser cómplices de este modelo, ¿cuál es el costo-beneficio de dicha elección? y ¿en qué medida lo hacemos por comodidad o ignorancia?
Según Heather West, manager de políticas en Mozilla, este nuevo modelo económico logró ludificar la experiencia virtual, de manera que la vida simula ser un juego donde se administran constantemente incentivos que estimulan la producción de dopamina, volviéndonos adictos. La revista Medium2 reportó que Facebook basó el diseño de su página y su modelo de interacción en las máquinas tragamonedas del casino. El artículo también denota cómo la cultura de juego inculca la codicia. Esto se traduce paralelamente en las redes sociales como la obsesión por ganar presencia y popularidad. ¿Podríamos decir que existe una dicotomía entre la vida real y la que llevamos en las redes? ¿En qué medida la ludificación es responsable de nuestra adicción a la vida virtual? ¿Deberíamos considerar la existencia de los riesgos que conlleva vivir en ésta dicotomía?
Yuval Noah Harari sugiere que un principio del siglo XVIII fundó las bases del orden social estableciendo que la autoridad fundamental son los sentimientos de los seres humanos. Ese principio fue construido bajo la premisa de que la mente humana es inmanipulable. Harari lo cuestiona considerando que la propuesta no es compatible ni con los descubrimientos científicos ni con la tecnología que hoy en día tenemos a nuestra disposición. ¿Pueden las empresas conocer mejor lo que queremos que nosotros? ¿Deberían las corporaciones, los gobiernos y otras entidades utilizar las tecnologías y manipular a los individuos? Teniendo en cuenta que los avances en la biotecnología y la inteligencia artificial nos permiten analizar grandes volúmenes de datos, ¿cómo podemos aprovechar estos avances en conjunto con la abundancia de información para la toma de decisiones?
¿Existe una competitividad intrínseca de nosotros con la tecnología que no estamos viendo? Es posible que al poder acceder a tanta información de distintos temas queramos imitar esa habilidad de hacer la mayor cantidad de cosas en el menor tiempo posible. ¿Cómo medimos la productividad y en qué nos basamos para relacionarla con el multitasking? ¿Qué nos llevó a creer que estamos aptos para hacer muchas tareas en simultáneo? Por un lado, sabemos que dividir la atención al hacer tareas como manejar es sumamente peligroso e incluso está penado en muchos países. Sin embargo, para la correcta realización de algunas tareas académicas como escuchar y tomar notas es imprescindible poder dividirla. ¿Deberíamos preguntarnos entre qué cosas dividimos nuestra atención, en vez de cuestionarnos si hacerlo es lo correcto?
La atención es la capacidad de dirigir y mantener un estado de activación adecuado para el procesamiento correcto de la información. Aristóteles fue el primero en marcar el vínculo atención-claridad, que fue posteriormente profundizado por Descartes concluyendo en que “el conocimiento consiste en ideas claras y diferenciadas, una claridad que se consigue precisamente atendiendo”. Si el conocimiento depende de nuestra atención, ¿en qué la debemos invertir para generar valor y conocimiento en la economía de la atención?